Putin, el ineludible líder de Rusia - Tribuna Noticias
El presidente ruso, Vladimir Putin, pidió este sábado a su nuevo gobierno, formado a mediados de mayo, que busque "cambios en todos los ámbitos", durante su primera reunión en el Kremlin. 

Putin, el ineludible líder de Rusia


(Fotografía: AFP PHOTO / Kirill KUDRYAVTSEV)

AFP
13 marzo, 2018 , 12:02 am


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MOSCÚ, Rusia.- Exagente del KGB al frente del país desde hace más de 18 años, Vladimir Putin, claro favorito para las elecciones del próximo domingo, encarna con autoridad la ambición de una gran Rusia de renovada potencia. 

“Nadie quería hablarnos, nadie quería escucharnos. ¡Escúchennos ahora!”, lanzó a los occidentales durante su último gran discurso, frente al Parlamento a principios de marzo, presentando unas nuevas armas “invencibles”. 

Cuando Putin, de 65 años, llegó al poder en el año 2000, su país era inestable, con una economía fallida. Ahora, numerosos de sus conciudadanos lo alaban, sobre todo por asociarlo con la estabilidad y una nueva prosperidad, favorecida por la actividad petrolera. 

Todo ello, al precio de un retroceso en el ámbito de Derechos Humanos y libertades, según sus críticos. 

En la escena internacional, aquel que afirmó que la desaparición de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”, se esfuerza en restaurar la influencia de Rusia en el mundo, deteriorada tras la caída de la URSS y los años caóticos bajo el mandato de Boris Yeltsin. 

¿Cómo lo hace? Mediante una lucha paciente y obstinada, al acecho de cualquier síntoma de debilidad del adversario, explicaba en 2013 Putin, octavo dan de judo, respondiendo a un ruso que le pedía que hiciera todo lo posible para “alcanzar y adelantar” a Estados Unidos, un viejo objetivo de la época soviética. 

Una técnica que le ha resultado exitosa en Siria, donde la intervención militar de Rusia desde 2015 en apoyo al régimen de Damasco supuso un giro en el transcurso de la guerra y permitió a Bashar Al Asad seguir en el poder.

Un año antes, Putin se había puesto el traje de restaurador de la “gran Rusia” al anexionar la península ucraniana de Crimea, tras su ocupación por tropas rusas y un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional. 

Con esta operación mejoró su imagen en casa, pero desató la peor crisis desde el fin de la Guerra Fría entre rusos y occidentales, que además acusan a Moscú de apoyar militarmente a una rebelión separatista en el este de Ucrania, algo que el Kremlin niega. 

Gran aficionado al deporte, el presidente ruso también intentó hacer de su país una potencia deportiva, lo que también generó una crisis internacional. 

Rusia organizó en 2014 los Juegos Olímpicos más caros de la historia en la estación balnearia de Sochi y, en verano de 2018, acogerá el acontecimiento deportivo más seguido del mundo: el mundial de fútbol. Pero los sueños del Kremlin se vieron ensombrecidos por las acusaciones de dopaje institucionalizado a raíz del informe McLaren en 2016.

Moscú siempre ha negado con vehemencia esas acusaciones, pero a los atletas rusos les costó su participación en los Juegos Olímpicos 2016 de Rio y provocaron la exclusión de Rusia en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang. 

 – ‘Ser el primero en golpear’ –

Nacido el 7 de octubre de 1952 en el seno de una familia obrera que vivía en una habitación de un apartamento comunitario de Leningrado (hoy San Petersburgo), nada hacía presagiar que Putin acabaría ocupando la cima del poder. 

“Vengo de una familia modesta, viví esa vida durante mucho tiempo”, explica en su página web dedicada a su biografía. De su juventud en las calles de Leningrado, el presidente declaró en 2015 haber aprendido una cosa: “si el combate es inevitable, hay que ser el primero en golpear”. 

Graduado en Derecho, entró en el KGB, para el que trabajó como agente de inteligencia exterior. De 1985 a 1990 fue enviado a Dresde, en Alemania del Este, un puesto más bien modesto. 

Tras el desmembramiento de la URSS, el agente del KGB se recicló como asesor para relaciones exteriores del nuevo alcalde liberal de San Petersburgo, y luego comenzó un ascenso fulgurante. 

En 1996, fue requerido para trabajar en el Kremlin. En 1998 fue elegido director del FSB -que sustituyó al KGB- y un año después fue nombrado primer ministro por el presidente Boris Yeltsin, que buscaba un sucesor capaz de garantizar su seguridad después de la jubilación. 

Yeltsin y su entorno quedaron seducidos por la discreción y la eficacia de ese hombre, de frente despejada y mirada penetrante. Algunos miembros del círculo de Yeltsin creían que podrían manipularlo fácilmente, pero él ya estaba metido de lleno en restablecer la autoridad del Estado formando un “poder vertical” que depende únicamente de él.

Cultivando su imagen de tipo duro, el 1 de octubre de 1999, tras una serie de atentados, inició la segunda guerra de Chechenia, un conflicto marcado por los abusos cometidos por el ejército ruso y el bombardeo ciego de Grozny. 

Esta guerra supondrá el fundamento de su popularidad en Rusia y de su imagen de líder que no tiene miedo a tomar decisiones difíciles. 

Cuando Boris Yeltsin dimitió a finales de 1999 y nombró a su primer ministro para sucederle, Putin ya se había impuesto como el nuevo hombre fuerte del país. 

Tras ser elegido en 2000 sin mayores complicaciones, Putin aceleró su influencia en el poder apoyándose en las “estructuras de fuerza” (servicios secretos, policía, ejército) y en sus familiares de San Petersburgo. 

– Protestas –

Echó a los “oligarcas”, esos empresarios que hicieron fortuna aprovechándose de las privatizaciones opacas de los años 1990, los excluyó rápidamente del juego político y encarceló a los rebeldes, como el director del grupo petrolero Yukos, Mijail Jodorkovski, liberado en 2013 tras 10 años de cárcel. 

El Kremlin metió en vereda también a las cadenas de televisión, cuya libertad de tono, heredada de los años 1990, molesta. La pequeña pantalla pasó a estar al servicio de Vladímir Putin. 

En 2008, al verse limitado a dos mandatos consecutivos por la Constitución, Putin le confió el Kremlin por cuatro años a su primer ministro, Dmitri Medvedev, y se puso a su vez al frente del gobierno. 

Cuando, a finales de 2011, anunció su intención de volver a la presidencia para un nuevo mandato, de seis años, provocó una oleada inédita de protestas.

Una movilización que se fue apagando tras su reelección (sin complicaciones) en 2012, marcada por la adopción de leyes que la oposición tildó de liberticidas y la creciente represión de toda forma de protesta. 

Extremadamente receloso de su vida privada, a Vladimir Putin, padre de dos hijas y divorciado desde 2013, le gusta dar la imagen de un hombre de gustos simples, que lleva “una vida ordinaria”, amante de “las novelas históricas y la música clásica”, según dijo durante un encuentro con jóvenes rusos. 

Sin embargo, suele coquetear con el culto de la personalidad, acaparando la atención de los medios, ya sea por una demostración de judo, por salir a montar a caballo sin camiseta o por apagar un incendio al mando de un avión Bombardier. 

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