¡Estamos de regreso a casa!

Decía un anuncio en la radio de antaño “Son las diez de la noche. ¿Sabe usted dónde está su hijo?” Hoy, en medio de este mundo convulso, atormentado, de tanta experimentación, de tanto cambio de estructuras sociales, de tantas relaciones nuevas pero de tantas relaciones rotas, de tantas experiencias de libertad y de seguridad, en el amanecer de la inteligencia artificial yo preguntaría ¿sabemos dónde estamos conectados?

Vemos en torno nuestro todas las razones que tenemos para decir “no”. Estructuras sociales fracasadas, tratados rotos, ocasiones perdidas, delincuencia desatada, inseguridad manifiesta, vialidades colapsadas, multiplicidad de medidas recaudatorias. No obstante, sigue estando el “sí”. La misma búsqueda obstinada que nos ha conducido de la caverna a la luna en un abrir y cerrar de ojos de tiempo cósmico.

Una nueva generación está accediendo en el seno de un paradigma más amplio, siempre eso ha pasado en el mundo. Nuevas tendencias, nuevas formas de convivencia y de relaciones y hasta nuevos lenguajes y modos de ser… nuevas e inéditas formas de hacer política. ¿Quién hubiera pensado hace un tiempo que los Estados Unidos, forjadores del neoliberalismo, tuvieran ahora un presidente nacionalista que está en contra de la globalización?, ¿o que en nuestro país surgiera una cuarta transformación histórica?

En las postrimerías del siglo pasado nos asomamos al corazón del átomo, y ahora hemos llegado a transformarlo, y con él, la historia entera para siempre. Pero también “nos hemos asomado al corazón del corazón”, dice Marilyn Ferguson, “conocemos la condiciones necesarias para que las mentes cambien”. La transformación que está ocurriendo por doquier no es ya comparable con el rayo, sino con la electricidad. Nos hemos adueñado de una fuerza más poderosa que la del átomo, digna guardiana de todos nuestros restantes poderes: la libertad individual, que la encontramos no ya eligiendo un destino, sino una dirección, es, diría, el retorno a casa, por tanto tiempo esperado.

Las religiones empiezan a perder sentido, son estructuras del pasado anquilosadas y formalistas, incapaces de responder a las grandes interrogantes del hombre actual. Los templos están vacíos en su mayoría; en muchas partes, sobre todo en Europa, son ya museos, librerías y hasta centros de diversión. Y la Iglesia Católica, que era la más extendida, se extravió en su autoritarismo a ultranza y ha sufrido el estallido de su inmovilidad, al no comprender la evolución de la conciencia humana y planetaria.

El apetito imperioso de cosas materiales nos está conduciendo a la saciedad. Hoy en el mundo existe una creciente nostalgia por lo espiritual. La gente está descubriendo cada día más que la felicidad no consiste en tener un 5% más de bienes cada año y la religión tradicional reconocida no proporciona el sustituto necesario. Por ello ahora vemos multiplicarse un despertar espiritual en miles de personas que sin ponerse vestidos largos, ni llevar collares alrededor del cuello o calzar sandalias, hábitos blancos o tener la cabeza rapada, claman por un despertar espiritual, creciendo desde dentro en búsqueda de sentido y trascendencia, revisando las tradiciones orientales para ver y descubrir nuevas formas de contacto con la Divinidad, buscando completarse. Whitman lo llamó “el viaje de vuelta de la mente… un pasaje a algo más que a la India”. El gran Teilhard de Chardin nos clarifica esa ansia de verdad: “No somos seres humanos que pasamos por una experiencia espiritual… Somos seres espirituales que pasan por unas experiencia humana”. En otras palabras, ¡estamos de regreso a casa!

Gracias, Puebla. Y recuerda: “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *