La luna brilla detrás de una farola cuya sombra se asemeja a los gajos de un balón de fútbol, cerca del estadio Nizhny Novgorod, en Nizhny Novgorod, Rusia. (Fotografía: Johannes Eisele / AFP)

Felipe Flores Núñez
18 junio, 2018 , 6:15 pm

Bálsamo

El destino del país no está en los botines de “Chucky” Lozano, ni tampoco el arquero Memo Ochoa está para amortiguar los tantos avatares que nos agobian, pero en ellos y en el resto del equipo nacional que nos representa en Rusia está, por lo menos ahora y aunque sea furtiva, buena parte del aliento que millones de mexicanos parecían haber extraviado desde hace mucho tiempo.

Por ello es que la victoria del seleccionado mexicano en la víspera ante los campeones alemanes tiene un significado de gran hondura, más allá de lo que implique en términos porcentuales en la disputa mundialista de fútbol.

Este triunfo —viril, aguerrido, técnicamente bien consumado— alcanza ciertamente otras dimensiones extracancha que valdría la pena ponderar.

Son muchas las vertientes que van de la mano con la alegría de la que nos hemos contagiado por esa victoria histórica.

La más significativa, sin duda, es la oportunidad para que tal episodio represente una gran ocasión para la reconciliación entre compatriotas, cualquiera que sea su condición.

Y es que por su tono estridente y agresivo, la contienda electoral, que ya está a la vuelta a de la esquina, ha rebasado la mera disputa partidista. Las diferencias políticas han alentado fricciones, al extremo incluso de fragmentar muchos hilos del tejido social.

Hoy en el país conviven varios bandos.

El efecto del discurso belicoso promovido por partidos y candidatos, ha derivado en fracturas.

Son frecuentes los encuentros, lógicamente irreconciliables a corto plazo, entre grupos sociales anteriormente afines.

Este ambiente de polarización ha llegado incluso al seno de algunas familias.

Quizá sin darnos cuenta nos hemos dejado llevar por tal o cual partido político o candidatura, y eso conlleva riesgos.

Nadie escucha razones.

No hay argumento que valga.

La emoción ha estado muy encima del raciocinio.

De esa confrontación casi irracional hay evidencias y muchos testimonios.

Las redes sociales son el mejor ejemplo. Ahí se han fraguado disputas que van más allá de las meras y naturales diferencias ideológicas que afloran en tiempos electorales.

Las confrontaciones ya son de tipo personal.

Nadie escucha el llamado para un voto informado, razonado, inteligente y útil para un país que merece mejor mañana.

En ese turbio ambiente de rispidez en la relación social es que llegamos al partido del domingo.

Unos y otros festejaron por igual la victoria ante teutones.

Todos, al fin mexicanos, bajo un interés común.

Era la unión que nos faltaba, qué importa que provenga de un juego de fútbol.

O que pueda ser trivial, minúscula o hasta efímera.

Al escenario pesimista que imperaba en otros contextos de violencia, inseguridad, corrupción, impunidad, le hacía falta un respiro.

Y el 1-0 frente a Alemania fue ese bálsamo.

La hazaña deportiva como vínculo, reducto útil para apaciguar los ánimos y recobrar identidad.

La lucha electoral será otra cosa, pero lo que de ahí derive no debe ser motivo de rupturas.

Prevalecen en el país muchas preocupaciones mucho más relevantes que la mera expectativa de un buen papel en Rusia de nuestro equipo verde, y de la añorada posibilidad de un quinto partido.

Pero si esa coyuntura deportiva es pretexto para asociarnos e identificarnos socialmente, lo demás será más fácil asumirlo con la seriedad y relevancia que merece.

Lo cierto es que a todos nos hacía mucha falta una alegría de grandes dimensiones.

Creer en algo.

A disfrutarlo, pues; ya mañana será otro día.


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