La generación de lectores digitales en la Cuba “off-line”


Fotografía: YAMIL LAGE / AFP Fotografía: YAMIL LAGE / AFP

AFP/Carlos BATISTA / Hector Velasco
17 febrero, 2017 , 9:46 am

  • Al tiempo que intenta alcanzar a la nueva generación de lectores, Cuba enfrenta los desafíos de ampliar el acceso a internet, destinar recursos para el pago de derechos de autor y ofrecer soportes digitales de lectura.

La Habana, Cuba.- Aun sin librerías actualizadas y con internet restringido, los jóvenes cubanos están leyendo lo que quieren y quizá más de lo que el Estado cree, pero no en impreso. ¿Cómo entraron en la lectura digital en un país prácticamente “off-line”?.

Como pasadas generaciones de cubanos, ellos están armando redes de intercambio de textos, videos y noticias, con una característica: ahora los almacenan y hacen circular en discos duros o memorias USB.

El Estado socialista controla la impresión y el internet, que además de limitado (solo un tercio de la población accede al servicio) es costoso (1,5 dólares por hora). En la isla hoy viven 11,2 millones de habitantes.

Pese a las restricciones, Javier Peña lee la literatura anglosajona de su gusto. Este traductor “freelance”, de 27 años, lleva gorra, tatuado el brazo izquierdo y un bigote negro con las puntas dobladas hacia arriba.

Con orgullo, habla de sus miles de títulos digitalizados y de la biblioteca física de cientos de volúmenes que ha venido armando.

“Siempre que alguien llega a mi casa con un disco duro me dice: ¿qué tienes ahí para copiarme? Y yo pregunto lo mismo”, dice Peña a la AFP a las afueras de una universidad en La Habana.

Peña, que a cambio de literatura o artículos en inglés ofrece su colección digital de “cómics americanos”, sostiene que en Cuba se impuso la “teoría anarquista de la información”. “El punto es que alguien la tenga” aunque no pague por ella.

Las redes no son nuevas. Hasta hace algunos años, cuando un artista era censurado en Cuba, por homosexual o “desviación ideológica”, un solo ejemplar de su obra circulaba de mano en mano entre cientos de personas.

– Bibliotecas en desuso –

Neus Pechero, una estudiante de letras de 20 años, de lentes negros gruesos, y aficionada a la literatura estadounidense, acude al trueque digital, aunque prefiere los impresos.

“Todos nosotros tenemos móviles que tienen posibilidad de intercambiar información mediante ‘zapya'”, señala. Sin conexión a internet, esta herramienta permite la transferencia inalámbrica de archivos entre usuarios a corta distancia.

Igual sistema emplea Taimí López a sus 12 años. Hasta 30 niños de su escuela, calcula, pueden compartir un contenido en el receso diario de clases.

Así, de teléfono en teléfono, de memoria en memoria, pasa hoy buena parte de la lectura en Cuba, un país que en los sesenta logró niveles envidiables de escolaridad.

Estudios oficiales estiman que la mitad de los cubanos lee revistas y periódicos, y un 20% dos libros al año. El 60% de los universitarios lee en formato digital y más de la mitad ya no va a las bibliotecas, según un documento divulgado en el Parlamento.

El vicepresidente del Instituto Cubano del Libro, Edel Morales, estima que para el final de esta década un 90% de los jóvenes leerá en pantallas.

Pero el país, que desde 1962 soporta el embargo estadounidense, todavía apuesta por los impresos.

– ¿Pagar? –  

En la fortaleza colonial más grande de América, San Carlos de La Cabaña, se celebra por estos días la Feria Internacional del Libro de La Habana. Una legión de cubanos se vuelca a aprovisionarse de libros que en promedio cuestan medio dólar cada uno.

Para esta edición se imprimieron 700 títulos, cuatro millones de ejemplares. En cambio, los títulos digitales no llegan a los 200 al año, señala Morales.

En declaraciones a la AFP, se muestra empeñado en que el Estado acompañe “el crecimiento del hábito de lectura” digital.

En un pequeño estand, Mariana Saker, una filóloga de 57 años, ofrece libros digitales, además de películas y música en discontinuados CDs. Hace 15 años que Citmatel, la empresa estatal en la que trabaja, incursionó en este mundo.

Un cliente selecciona el título que quiere en una computadora “off-line”, y lo descarga en su soporte digital por casi el mismo precio que un impreso. El catálogo incluye 900 productos, incluidos libros, que en su mayoría son de escritores cubanos.

¿Quién va a pagar por lo que puede conseguir gratis? “Es un reto que sin duda alguna se va ir venciendo”, señala Saker, y agrega: “hemos tenido a veces ejemplos” de personas que empiezan a “disfrutar” pagar por lo que han descargado.

Al tiempo que intenta alcanzar a la nueva generación de lectores, Cuba enfrenta los desafíos de ampliar el acceso a internet, destinar recursos para el pago de derechos de autor y ofrecer soportes digitales de lectura.

En Cuba es casi imposible conseguir dispositivos de este tipo, y a lectores como Javier o Neus no les gusta leer textos largos en el celular.

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